miércoles, 14 de noviembre de 2012

El Buen Fin


Para los que vivimos en México, este fin de semana tendremos nuestro segundo “Buen Fin” (nuestra versión del Black Friday norteamericano).
Seguramente muchos ya tenemos en la mira varios productos o servicios en los que gastaremos nuestros ahorros (o el dinero que aun no cobramos, usando nuestras tarjetas de crédito). Ya tenemos todo un plan en nuestras mentes para poder pagar ese precioso Nexus 4, o tal vez un iPad Mini. Ya no podemos esperar para probar y comprarnos nuestros atuendos para las fiestas de fin de año. Soñamos dia y noche con sacar un auto nuevo de la agencia. 
Este es el fin de semana en donde olvidamos todas nuestras penas embriagándonos de posesiones materiales y firmando pagarés.

Que este post sirva para tomar las medidas necesarias que nos ayuden a evitar la cruda de gastar.


Mi método para comprar inteligentemente y sin culpas
Ultimamente, antes de comprar cualquier cosa, empecé a hacerme 3 preguntas, y en base a las diferentes respuestas puedo tomar una mejor decisión al comprar. De esta manera, obtengo lo mejor por mi dinero, o en su caso, ahorro al evitar compras innecesarias. 
Estas preguntas son:

¿Me gusta?
Sí, cuando me genera placer tenerlo, 
especialmente si el placer es duradero.
¿Puedo comprarlo?
Sí, cuando cuento con la cantidad total para pagarlo 
sin recurrir a prestamos o créditos.
¿Lo necesito?
Sí, cuando resuelve algún problema de mi vida, o le agrega valor a esta. 
No es simplemente una necesidad creada por la publicidad 
ni por el deseo de tener más.

Con estas 3 preguntas surgen algunas combinaciones que ilustraré con algunas de mis experiencias:

1) Me gusta, puedo comprarlo pero NO LO NECESITO:
La que aparentemente resulta menos peligrosa y por lo tanto la más frecuente. Compramos cosas por la oportunidad que se presenta, compramos “por si acaso”, especialmente cuando están en descuento. Compramos algo que no necesitamos con la ilusión de estar ahorrando. 
Hace casi 1 año, compré una edición especial de un disco de mi banda favorita. El disco regular me habrá costado $120 pesos, la edición especial cuando salió costaba $2,900 pesos. Un año después, encontré que estaba en promoción, y solamente costaba $1,800 pesos. ¡Más de 1,000 pesos de ahorro! No podía dejar pasar la oportunidad de “ahorrarme” mil pesotes comprando un disco que ya tenía pero que costaba 10 veces más.
Sin pensarlo dos veces, hice el pedido y cargué el disco a mi tarjeta.
¿Qué habría pasado si me hubiera hecho esas 3 preguntas antes de hacer el pedido?
Las hago ahora:
¿Me gusta?
Decir que me gusta le queda muy pequeño. Amo todo lo que mi banda favorita haga. Tengo una dogmática e irracional pasión por ellos. Creo que si cortaran sus uñas y las vendieran en bolsas de plástico probablemente consideraría comprar una, o dos, o todas. Siempre he creído que cuando algo realmente te apasiona, vale la pena hacer sacrificios.
¿Puedo comprarlo?
El disco no era especialmente barato. Pero afortunadamente había trabajado 14 horas extras ese mes y cobré una cantidad mayor de dinero a la que tenía presupuestada para pagar mis gastos fijos. Tampoco tenía deudas, así que decidí que me merecía el lujo de gastar ese dinerito extra en algo que me apasiona y me da mucha alegría.
¿Lo necesito?
La función de un disco es escucharlo, y desde que ya tenía el disco tanto en formato digital como en CD, no necesitaba la versión en vinilo para poder escucharlo, especialmente cuando hace ya tres generaciones que ningún miembro de mi familia tiene un tornamesa en casa. Ademas de no necesitarlo, ni queriendo podría usarlo. A menos, claro, que gastara dinero extra en comprar un tocadiscos  y poder escuchar a mi banda favorita con las románticas imperfecciones del vinilo (ya sea usando el dinero que sí estaba contemplado para pagar cosas necesarias, o bien, trabajando otras 14 horas extra). 
Sí, me encantó recibir la caja del disco en la oficina de correos (después de ir 2 veces a hacer corajes porque los del servicio postal no encontraban la caja), me dolía la cara de tanto sonreír cuando rompí el papel celofán y descubrí que traía un mouse pad con el logotipo de mi banda favorita. Después metí todo en la caja y la puse en la repisa más alta de mi cuarto (para que no le pasara nada) y ahí ha estado durante los últimos 12 meses recolectando polvo.
La alegría me habrá durado unos 80 minutos (contando las dos veces que tuve que manejar emocionado a la oficina de correos), y el costo de esta experiencia fue de $1,800 pesos.
Con lo que gasté, podría haber ido al cine 10 veces con mi familia, resultando en al menos 20 horas de diversión en compañía de la gente que quiero, en vez de 80 minutos de alegría a solas. O mejor aún, pude haber pasado dos domingos enteros con mi familia y amigos sin tener que pagar un solo peso, en vez de ir a trabajar para comprar una caja recolectora de polvo con el logotipo de mi banda favorita.

2) Lo necesito, puedo comprarlo, pero NO ME GUSTA.
Después de 2 años de uso, se le desprendió la suela a uno de mis tenis para correr. Llegó la hora de comprar zapatos nuevos.
¿Necesitaba tenis nuevos?
Definitivamente, ya no era solo por vanidad, o por querer unos más bonitos, o más brillantes, o más nuevos. Los tenis rotos me daban todo el derecho de gastar en otros.
¿Podía comprarlos?
Sí. Era el mes del corredor en la tienda y tenían el 20% de descuento. También tenía puntos acumulados en el monedero del establecimiento.
¿Me gustaban?
No. Habían unos que me gustaban muchísimo (la nueva versión del mismo modelo de mis antiguos tenis), pero no tenían en mi talla. Busqué en todas las tiendas de mi ciudad y en algunas más de otras ciudades (incluyendo una ciudad en el extranjero) sin éxito.
Después de casi un mes buscando un nuevo par, decidí comprar los primeros que me quedaron y estaban en oferta. No me gustó mucho como se sentían cuando me los probé, pero supuse que con el tiempo me acostumbraría. Entre la presión que generaba la necesidad, y porque los encontré con el descuento (me ahorré 400 pesos), decidí comprarlos.
Para no hacerles la historia larga, descubrí en muy poco tiempo y con mucho dolor (literalmente) que los tenis no se ajustaban a la forma de mi pie y de mi pisada. Después de usarlos 3 veces tuve que dejar de correr dos semanas por el dolor que causaron en mis piernas. Al final, no solo no ahorré $400 pesos, sino que pagué $600 pesos por una lesión en el tobillo, mas $14 pesos de pegamento para arreglar la suela de mis tenis viejos.
(Por cierto, si alguien está interesado en unos Nike+ Lunarswift 4, talla 11 americano, blanco y rojo con apenas 25 km de uso, avíseme por twitter y se lo regalo con mucho gusto)


3) Lo necesito, me gusta, pero NO PUEDO COMPRARLO
Esta es la peor de todas las combinaciones, la más costosa, la que causa problemas financieros.
Los que han comprado un auto a crédito saben a lo que me refiero.
¿Necesito un auto?
No del todo, pero sí facilita muchísimo mi día a día. Desgraciadamente nuestro país no cuenta con un sistema eficiente de transporte público. En mi caso, usar transporte público es igual de costoso que pagar la gasolina necesaria para irme en auto al trabajo, con la diferencia que en el auto hago 15 minutos, contra los 70 minutos usando el transporte público. La bicicleta sería una buena opción, pero entre semana tengo que ir a buscar a mi hija a la escuela, y por la distancia de mi trabajo a su escuela es imposible llegar con la bicicleta a tiempo. Supongo cuando crezca, podrá usar su bicicleta para venir sola a la casa desde su escuela, pero de momento esto no es posible. El auto pues, se convierte en una horrible necesidad.
¿Me gusta?
Justificados por la necesidad de comprarlo, tomamos la no muy brillante decisión de comprar el auto que nos guste más. Y el que nos gusta siempre suele ser más caro y más nuevo e impagable, lo cual nos lleva a la siguiente pregunta.
¿Puedo pagarlo?
En mi caso no. Jamás he ahorrado lo suficiente para comprar un auto nuevo de contado. La única manera es endeudándome, gastando dinero que no tengo en algo que posiblemente necesito y seguramente me gusta mucho, pero que consumirá una gran parte de mis recursos. Justo hoy, un compañero del trabajo, quien había decidido hace un par de semanas comprar un auto nuevo, y contaba con el dinero suficiente para pagar un modelo barato, decidió aprovechar la promoción del buen fin, en la que le hacen un descuento de 15 mil pesos en cualquier modelo. Ahora, en vez de comprar el auto de 140 mil pesos, está muy entusiasmado por que comprará uno más grande, más potente y que cuesta 240 mil pesos. Lo peor del caso es que está feliz por que se está ahorrando $15 mil pesos gracias a la promoción del Buen Fin.
Esta persona necesitaba el auto, tenía el dinero para pagar el auto más barato, pero prefirió comprar el que más le gustaba y que no podía pagar de inmediato, por la ilusión de ahorrar 15 mil pesos, adquiriendo ahora una deuda de 100 mil pesos, más todos los intereses que genere durante todo el tiempo en el que tarde en pagarlo por completo.
Si necesitas algo, te gusta pero no puedes pagarlo, es mejor no comprarlo. 
No estoy en contra de querer comprar algo mejor, y por ejemplo gastar dinero extra en un auto con aire acondicionado, o con mejor equipo de sonido, o cualquier tipo de mejora, pero siempre y cuando esté dentro de tu presupuesto. Gasta el dinero que planeabas gastar, y no te dejes engañar por las promociones para gastar el dinero que aun no ganas.

4) Lo necesito, me gusta y puedo comprarlo
Si este es el caso a la hora de decidir comprar algo, entonces no deberías de sentir ninguna culpa en gastar tu dinero. Siempre y cuando respondas a las tres preguntas honestamente y estés seguro que realmente necesitas lo que pretendes comprar, y que lo que estás por adquirir le agrega valor a tu vida.


Yo creo firmemente que el dinero sí puede comprar la felicidad, siempre y cuando compremos las cosas correctas. Lo recomendable es invertir en experiencias en vez de gastar en objetos que solo otorgan satisfacción inmediata pero efímera. 
Si lo piensan bien, ya tenemos todo lo que necesitamos y más que eso.